Asomó tu penumbra en mis sombras eternas y cuan alcancía de silencios ocres te plantaste en mi jardín... Desplegado en movimientos serenos, perceptibles y redondos, cada día enfrías mis dedos y mi nariz.
Me sorprendes eligiendo colores que ruedan y vibran,
se escapan en hadas, estornudan inquietos y sonríen, fibras que caminan laberintos y números.
Dulzura de chocolate humeante
que transforma sus límites,
encaja aristas y pliegues zigzagueantes.
Cientos de veces enredados,
cientos de veces domesticados,
pequeños saltimbanquis que asoman
en los bolsillos de mis duendes solitarios.
"No te olvides las medias, que el frío puede resfriarte!" alerta una madre en mi vereda.
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